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31 marzo, 2014

LA MALDICIÓN DE SER UN GENIO II: LUDWIG VAN BEETHOVEN


«¡Ah, me parecía imposible abandonar este mundo antes de dar todo lo que sentía germinar mi alma [...]!»
─Beethoven



                                                                          © Café Sideral





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El genio de Bonn, quien diera su primera presentación como organista a los 8 años. Ludwig van Beethoven, quien en su adolescencia impresionara al genio de Salzburgo, Mozart. El máximo representante del Romanticismo en la Lírica del siglo XVIII; quien junto a Friedrich Hölderlin y Hegel –genios de la Poesía y la Filosofía, respectivamente–bailara alrededor de un árbol presa del éxtasis por la Toma de la Bastilla y el inicio de la Revolución Francesa. El hombre nacido para transformar definitivamente la música clásica a partir de transgresiones técnicas y artísticas drásticas. El creador que se atrevió a desafiar los cánones del género Lírico Germano en magistrales cambios de estructura como la articulación de cinco movimientos en vez de los cuatro tradicionales –sucesos sin precedentes. El artista con precoz trayectoria y denso prestigio que a los treinta años empezaba a perder el oído a causa de una enfermedad en ese entonces incurable. El hijo de la Ilustración que plasmó con explosiva vehemencia los ideales de libertad, igualdad y fraternidad en el monumental Egmont, obertura homónima de la obra de Goethe que narra la historia del flamenco Egmont, cuya oposición a la injusticia del yugo español le ocasionó la muerte y la posterior insurgencia del pueblo.

El humanista que en su célebre Testamento de Heiligenstadt proclamara a modo mesiánico: «Ámense los unos a los otros […] Esto y no el dinero puede traer la felicidad.» 

El transgresor que compuso la monumental “Heroica” (Tercera Sinfonía en mi bemol mayor, Op. 55), inspirada en la sed de justicia social propia de los ideales revolucionarios auspiciados por Robespierre y a propósito de la victoria de Napoleón Bonaparte; a quien inicialmente le dedicara esta obra maestra, y, decepcionado al ver al cónsul convertido en emperador, quitara sin reparos dicha mención.

La mente maravillosa detrás de la obertura Fidelio (Op. 72), absurdamente desvalorada el día de su estreno y escandalosamente celebrada después de la muerte del genio. Fidelio, ópera en dos actos basada en el libreto escrito por Joseph F. Sonnleithner, Stephan van Breuning y Georg Friedrich Treitschke, a su vez inspirados en el drama homónimo del escritor francés Jean-Nicolas Bouilly; narra la historia de cómo Leonora, disfrazada de un guardián llamado Fidelio, logra rescatar a su esposo Florestán de la cárcel, salvándolo de la condena a muerte por motivos políticos. La obertura reivindicó la tradición del singspiel, variante lírica por excelencia de la ópera germana. 

Beethoven, magistral músico-compositor alemán que asió al destino por el cuello con su Quinta Sinfonía, conocida también como la Sinfonía del Destino; y que se sabe expresó la esencia de su divina creación: «¡Así el destino toca a la puerta!» (testimonio de su secretario Anton F. Schindler).

El revolucionario genio que remeció el mundo con su Novena Sinfonía, y, de manera especial con el Op. 125, “Coral”, inspirado en la lumínica “Oda a la Alegría” del maestro Schiller. Aquí, por vez primera, la voz humana se unió a la música instrumental en un canto eterno donde «todos los hombres volverán a ser hermanos




El astro eterno de la música alemana universal que develó el universo pletórico de su alma en 138 obras musicales registradas y 205 no catalogadas, descubiertas post-morten; abarcando sinfonías, ópera, misas, cantatas, sonatas, conciertos para piano, concierto para violín, violonchelo, piano y orquesta; diversas oberturas, obras de cámara, series de variaciones, arreglos de canciones populares y bagatellas para piano; entre otras.

El amado genio atormentado por su sordera progresiva, el suicidio de su sobrino Karl, su amada inmortal inalcanzable, la pobreza y el dolor de tener que vivir «como si de nada careciera». ¡Qué maravillosa maldición!, haber nacido con la «debilidad de un sentido, que, en mí, habría de estar inmensamente más desarrollado que en los demás, de un sentido que había llegado a poseer antes tan perfecto como pocos músicos lo han conocido nunca! No; me era imposible. Por eso habéis de perdonarme, que, como veis, me retire hoy del mundo.» (Fragmento de su Testamento escrito en Heiligenstadt, aldea donde Beethoven guardó reposo y aislamiento por recomendación de sus «insensatos médicos», los cuales no llegaron a descifrar su mal y en el camino a su sanación le causaron la muerte por el exceso de plomo en los medicamentos).

El espíritu del gran Ludwig van Beethoven ascendió a reinos inenarrables e imperecederos un 26 de marzo de 1827. Tenía cincuenta y siete años. Sus últimas palabras fueron: «Plaudite, amici, comoedia finita est», frase de César Augusto que significa Aplaudid, amigos, la comedia ha terminado. Veinte mil personas acompañaron su féretro hasta el Zentralfriedhof de Viena. 

¡Dichosos quienes lo aplaudieron cuando el brío de sus ojos y el fuego de sus manos gobernaban la música!




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Referencias Bibliográficas





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